Desde que se funda el Estudio General de Salamanca, con privilegios confirmados en 1243 y 1252, se incorporan dos cátedras, que siguiendo la tradición medieval, se denominaron de Física, destinadas ambas a la formación médica: la de Prima y la de Vísperas. Para iniciar estos estudios, el alumno debía obtener previamente el bachillerato en Artes, exigencia que se mantuvo durante varios siglos. La formación del futuro médico duraba cuatro años, lo que los Estatutos de las universidades españolas se denominaba “oir Facultad”, al cabo de los cuales obtenía el grado de bachiller, que le capacitaba para el ejercicio profesional. La obtención del grado de licenciado requería otros cuatro años más de estudio, mientras que el de doctor tenía carácter honorífico.

A lo largo del siglo XVI nuestra universidad amplía sus estudios con la creación de nuevas cátedras. A las ya existentes, que tienen la categoría de cátedras de propiedad, se incorporan otras de menor rango académico denominadas “cursatorias”: la de Articela o de Método (tal vez porque en ellas se leía el De methodo medendi de Galeno), la de Anatomía, la de Cirugía y la de Simples. Las prácticas que los escolares debían realizar con los catedráticos o sustitutos de la universidad, las hacían en el Hospital del Estudio y en el Hospital General.

Mención especial merece la creación de la cátedra de Cirugía, dotada en 1566 a petición de la propia ciudad de Salamanca, alarmada por la escasez y falta de preparación de sus cirujanos. Pero no sólo sirvió para la formación de cirujanos; antes de concluir el siglo XVI la cirugía pasó a ser enseñanza obligada también para los futuros médicos. Sin embargo, la baja consideración social que hasta el siglo XVIII tuvieron estos profesionales determinó que esta cátedra fuera desechada por los claustrales médicos.

Desde la creación por los Reyes Católicos del Tribunal del Protomedicato, médicos y cirujanos debían revalidar sus conocimientos teóricos y prácticos ante los protomédicos y examinadores del Tribunal, requisito imprescindible para ejercer la profesión. Una medida dictada con la doble finalidad de evitar fraudes e irregularidades en la concesión de títulos de bachiller y de mejorar el nivel de médicos y cirujanos.

Los estudios de medicina permanecieron a lo largo del siglo XVII anclados en una tradición que fue la causa de la decadencia de esta Facultad, una decadencia que va a prolongarse hasta las décadas centrales del siglo XVIII. La vigencia del criterio de autoridad determinó que las obras de Hipócrates, Galeno y Avicena continuaran siendo los únicos textos reconocidos para la enseñanza del saber médico. El abandono de la disección anatómica y el desinterés por la cirugía contribuyeron al deterioro de la formación médica en la universidad salmantina.

La tan esperada reforma llegó con Carlos III. El nuevo plan de estudios médicos propuesto por la universidad de Salamanca en 1766 supuso un cambio radical en la formación de médicos y cirujanos. La enseñanza se imparte ahora a lo largo de seis años, se amplía a ocho las cátedras existentes y los textos clásicos son sustituidos por las obras de Boerhaave, van Swieten, Heister y Piquer. El nuevo plan mantuvo la disposición de grados académicos, bastando el de bachiller (que se alcanzaba concluido el cuarto curso) para el ejercicio profesional. El plan salmantino será impuesto al resto de las universidades españolas en 1771.

Una nueva reforma en los estudios médicos, la firmada por Carlos IV en 1804, ratifica el protagonismo del claustro médico de Salamanca en la ordenación de los estudios médicos, en un decidido propósito de modernizar sus enseñanzas. Sin embargo, la llegada de Fernando VII supuso el ocaso para una universidad que en las últimas décadas había protagonizado las más fructíferas reformas.

En 1857 se decreta la supresión de los estudios de medicina en la Universidad de Salamanca, que no se reanudarán hasta que con la declaración de libertad de enseñanza firmada por el Gobierno revolucionario (1868) la Facultad abra de nuevo sus puertas como institución “libre”. El empeño por recuperar la categoría perdida no se consigue hasta 1903, fecha en la que se inicia una etapa que llega hasta nuestros días.